El blog de una casa muy especial... en el corazón de la calle más famosa de Madrid

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Fuencarral, 1936 - 1939

Es de sobra conocido que la guerra civil española comenzó en la calle de Fuencarral con el asesinato del teniente Castillo frente a la capilla de la Virgen de la Soledad, en la esquina con Augusto Figueroa.
Solo por este hecho, tan determinante para el comienzo de la guerra, nuestra calle ya quedaría, para siempre, vinculada a la historia de esta fratricida contienda, pero, además, sufrió muchas otras heridas, como consecuencia de obuses y bombardeos.

Impacto de obuses en un edificio próximo a la Telefónica
La presencia en el comienzo de la calle del nuevo edificio de la Telefónica, convirtió este punto en objetivo clave para la artillería y la aviación de los sublevados, que asediaban la capital desde las cercanas Casa de Campo y Ciudad Universitaria.
Las consecuencias fueron, como era de esperar, un considerable número de impactos en el nuevo rascacielos y en los inmuebles cercanos, algunos de los cuales tuvieron que terminar siendo derruidos.
Pese a todo, la Telefónica, que desalojó muchas plantas para evitar riesgos humanos mayores, siguió ejerciendo como centro de comunicaciones durante todo el conflicto.

Los carteles que aparecen tras los refugiados no tienen desperdicio
La estación de Metro de Gran Vía, como tantas otras de la red del ferrocarril suburbano, sirvió a los madrileños de eficaz refugio contra los bombardeos, tal como muy bien se recoge en algunos documentos gráficos de esos años.

Ver, en nuestros días, las fotografías de esa difícil época nos ayuda a valorar mejor la realidad que hoy vivimos, tan diferente de lo que fueron esos tres terribles años que, pese a todo, no consiguieron paralizar la intensa vida de la calle de Fuencarral ni, por supuesto de la 'Avenida de los Obuses', como se conocía popularmente (por motivos obvios) a la Gran Vía madrileña durante la guerra.









Gracias a las fotografías de Atienza y Juan Larrea podemos observar cómo los graves daños producidos en Fuencarral 9, acabaron siendo reparados y la casa presenta, hoy, el mismo aspecto que tenía en los años de la guerra. 









Esta otra foto de Atienza nos muestra los estragos producidos en los números 6 y 8 de la calle de Fuencarral. 
Ambos edificios tendrían que acabar siendo demolidos.
Llama la atención el gigante que aparece sobre la acera, a la derecha de la fotografía. 
O es un curioso efecto visual o se trata de un hombre de asombrosa estatura...
















Un tranvía alcanza la Gran Vía, junto a la casa Murga, en cuya fachada pueden apreciarse los efectos de los bombardeos, consecuencia de su proximidad con la Telefónica.













Regando la calzada de la Gran Vía, frente al protegido edificio de la Telefónica.
Al fondo, el comienzo de la calle de Fuencarral.











Mirando al cielo desde la esquina de la Telefónica con la calle de Fuencarral, pendientes de las evoluciones de la aviación del ejército nacional.







Unos muy bien apilados sacos terreros protegen una parte de la fachada de la Telefónica, junto a su entrada principal, tapada por un cartel que anuncia la película 'Tiempos Modernos', de Charlot.

Bajo el gran cartel de los cines Salamanca y Monumental, se ve asomar la palabra 'Rusia'...

miércoles, 10 de diciembre de 2014

En el otoño de 1927

Cayó en mis manos esta extraordinaria fotografía de la calle de Fuencarral, fechada en 1927. La encontré en la muy interesante página Memoria de Madrid, que nos enseña muchas cosas del pasado de nuestra ciudad. No consta autor conocido, está realizada mediante negativo en placa de cristal y tiene el número de inventario HMM 136.

En un principio, dudé del año, porque la ropa de quienes aparecen en ella tiene, en general, un aspecto algo más moderno, pero, tras analizarla en detalle, he llegado a la conclusión que es, exactamente, de esa fecha y, para ser más precisos, de noviembre de 1927.


ABC, 30 de septiembre de 1927
El dato principal que me lo corrobora es el anuncio del Teatro de la Zarzuela, que advierte que la obra del maestro Vives 'La Villana' está en su última semana en cartel. 
'La Villana' se estrenó el 1 de octubre de ese año (estaba previsto hacerlo el día anterior, pero por 'dificultades en el montaje de los decorados' tuvo que retrasarse). 
Sus representaciones duraron hasta el día 20 de noviembre, por lo que debemos pensar que la fotografía se tomó a mediados de ese mes. 
La forma de vestir de los transeúntes y los adoquines mojados de la calzada son, también, propios del otoño madrileño.
La instantánea es magnífica y es un verdadero tratado de la vida urbana de la época, retratada con espontaneidad y sin aparente formalidad ni pretensiones, lo que la dota de un especial valor añadido.

ABC, 5 de enero de 1936
El motivo central es el soporte publicitario instalado en la esquina de Barceló con Fuencarral. 
Un interesante formato, desplegado en acordeón para aumentar la superficie del anuncio y que ayuda a que se mantengan razonablemente restringidas las proporciones externas del elemento de mobiliario urbano. El espacio principal estaba diseñado para colocar sobre él carteleras de espectáculos en papel (probablemente semanales), mientras que la parte superior estaba reservada para otra publicidad comercial de mayor duración. Dos banderolas laterales servían de protección y, tal vez, podían ser utilizadas como espacios publicitarios.
En noviembre de 1927, el anuncio superior lo tenía contratado Casa Central, un comercio de la cercana calle de San Joaquín 8 'casi esquina a Fuencarral', dedicado a la compra-venta y reparación de máquinas de coser Singer 'de ocasión' que, como bien especificaba en su titular, operaba 'a plazos y contado'. Hoy, en ese mismo local, grande y muy profundo, está el espectacular salón de té Bomec
Hemos encontrado un anuncio por palabras de esta misma casa en el ABC del 5 de enero de 1936.


Portada del catálogo de la Exposición (1926)
La gran pared de ladrillo que aparece a la izquierda de la fotografía corresponde a una de las fachadas laterales del Hospicio de San Fernando, que acababa de ser salvado de la piqueta gracias a la Exposición del Antiguo Madrid que, un año antes (1926), había promovido la Sociedad Española de Amigos del Arte. Delante, sobre la acera de Barceló, unos árboles casi recién plantados nos indican la voluntad municipal de ajardinar la zona, recién recuperada.

Más a la izquierda, en el mismo borde del documento gráfico, vemos la parte trasera de un coche, con su neumático de repuesto (bastante estrecho, por cierto).


Al fondo, ocupando una buena parte de la fotografía, está el gran edificio del Tribunal de Cuentas del Reino, proyectado y construido en 1860 por Francisco Jareño, sobre el solar de  la manzana 350, que ocupó el palacio del Conde de Aranda.

En la fotografía podemos observar otro interesante detalle, ya que el monumental edificio mantenía en 1927 su aspecto original, sin el horrible añadido que, a mediados del siglo XX, se colocó sobre la estructura de Jareño con el fin de incorporar un piso más, algo que, sin duda, afea el conjunto de manera notable.


Semioculta por el soporte publicitario, y a pocos metros de la esquina del Hospicio, se alza una de las muchas torres metálicas de telefonía que en esos años habían inundado Madrid y que no desaparecerían hasta la construcción del rascacielos de la Telefónica y la instalación de las nuevas centrales de los distintos barrios de la capital. La torre continuaría en esa posición durante unos cuantos años más.

El sufrido tranvía eléctrico de la línea 15, modelo Westinghouse I, que sube por la calle de Fuencarral es el otro elemento principal de la fotografía. No vemos su tablilla, cortada por el encuadre de la instantánea, pero debía ser roja, con el letrero 'Pacífico-Puerta del Sol-Chamberí' en letras blancas. Lleva la publicidad de la marca IRRSA (Industrial Resinera Ruth, S.A.), una empresa de pinturas, esmaltes y barnices de Santander. En la foto no se ve bien el cartel, que anuncia: 'ESMALTES IRRSA BARNICES'.

Tras el tranvía asoma, en la esquina de Fuencarral con la calle de la Palma, el cartel de una farmacia. Esa farmacia sigue existiendo hoy. Está en Fuencarral 83 y su titular es la licenciada Carmen Loureda López.

El negativo de la fotografía
La mula (o caballo) que marcha cerca del tranvía, guiada con soltura y despreocupación por  quien más parece un jinete a pie que un mozo, es otro de los detalles que iluminan el momento de aquella mañana (creo que era una mañana) de noviembre. Pero hay más cosas en las que reparar. La farola de la esquina, por ejemplo. Una de esas farolas madrileñas que nos gusta tanto recordar. O el capote del guardia o militar que cruza la calle, acompañado de un hombre con boina. Cerca de ellos vemos un poste de gran altura que tiene aspecto de ser un mástil para sujetar los cables eléctricos del tranvía.

También es interesante observar a la pareja de mediana edad que estudia la cartelera (evidenciando la eficacia de la publicidad) para decidir si van a ir al Maravillas a ver 'Noche loca' o al Romea para disfrutar con la actuación estelar de Mercedes Serós.

Mientras tanto, en la por la acera de los impares de Fuencarral, hasta nueve caballeros con sombrero y abrigo caminan hacia el sur, con aspecto de ir a casa a comer, lejos de la dama de luto que cruza la calle, más en primer plano, siguiendo los pasos del guardia encapotado.
Y, cerca de la entrada principal del Tribunal de Cuentas, me parece ver un pequeño chiscón, antecesor, quizás, del kiosco de prensa que ahora existe, unos cuantos metros más arriba...

Toda una pequeña, sencilla y muy valiosa crónica de la calle de Fuencarral en el otoño del ya lejano 1927... el año en el que nació el cine sonoro, Iberia hizo su primer vuelo comercial y vino al mundo el gran tenor Alfredo Kraus.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Mis fotos de Fuencarral I

La casa Murga, donde comienza la calle de Fuencarral
Conseguir fotos antiguas de la calle de Fuencarral no es tarea fácil. Existen solo unas cuantas, muchas veces reproducidas, que casi todos conocemos. 
Muy de tarde en tarde, van apareciendo otras menos vistas que, claro está, tan pronto como son localizadas, pasan a mi ya considerable archivo gráfico de una calle que, desde hace años, es un centro de atracción para visitantes de todas las latitudes y que tanto y en tantos aspectos ha contribuido a la historia de Madrid.

Me resulta especialmente curioso el hecho de que esta escasez fotográfica se produzca con respecto a una calle en la que tuvieron sus estudios dos de los mejores fotógrafos de la capital: Alfonso y su maestro Compañy.
De igual forma, es sorprendente que el material que se encuentra de los años de apogeo comercial de mediados del siglo XX, en los que la fotografía estaba ya muy popularizada, sea tan limitado. Es probable que esto se deba a la escasez de grandes monumentos civiles y religiosos del primer tramo de esta siempre concurrida vía, pero no se explica que habiendo tenido un comercio tan activo y propicio para la actividad publicitaria, no se conserve un amplísimo archivo de documentos gráficos de sus tiendas y locales.

'Yellow Power' en Fuencarral 47
Lo que menos comprendo es que yo mismo no me dedicase a fotografiar en detalle cada uno de los rincones de esta calle, en la que nací y en la que, desde luego, viví intensamente. Hice fotos, sí, pero su número es ridículo en comparación al que debió haber sido y, por si fuera poco, la gran mayoría de ellas se encuentran hoy en paradero desconocido.

Afortunadamente, no ocurre lo mismo en los tiempos actuales. La explosión comercial de la calle y mi interés en recuperar su memoria y reverdecer cuanto sea posible de su rica y larga historia, han traído como una de sus lógicas consecuencias un creciente enriquecimiento de unos archivos a los que procuro contribuir a diario.
No todo ha de ser grandioso. También se escribe la historia a través de los pequeños detalles, de miradas a rincones escondidos o a realidades efímeras que deben ser captadas en el momento o desaparecerán para siempre.
Las imágenes que aquí aparecen reproducidas, y que fueron fotografiadas personalmente por mí con la imprescindible colaboración de una pequeña cámara digital (Canon Ixus 95 IS, para ser más preciso), tratan de ser un pequeño homenaje a una calle en la que todo es posible... en la que hasta lo más fantástico puede ser real.

Luces de Navidad
Fuencarral es una arteria urbana de movimiento permanente, de flujo constante y frenético, en la que el tiempo no se detiene para nada y para casi nadie (yo soy una excepción, claro). Por eso es bueno guardar para el recuerdo unas cuantas instantáneas que, algún día, ayuden a quienes quieran volver a escribir una vida que hoy nos parece futura y lejana, pero que, en realidad, seguirá siendo eterna. Como para nosotros lo es hoy la calle más moderna de Europa, sin duda la más actual y, también, la de mayor historia y tradición civil, comercial, artística y literaria, siempre a la vanguardia de la evolución, a través de los siglos de esta gran ciudad que es Madrid.


















Kiehl's, Fuencarral 37
















Jose, su triciclo luminoso y sus sombreros

















El gran cartel luminoso de la desaparecida sala de magia Houdini, en la esquina con San Onofre















Los restos del banco Santander en Fuencarral 45



















Sinfonía de colores frente a Fuencarral 39
























La nueva tienda de Calvin Klein Jeans, Fuencarral 18

















El cielo de Fuencarral


















Homenaje a Català Roca

















Cruz de hierro sobre el tejado de la capilla de Nuestra Señora de la Soledad




Fotografías: Paco © González

viernes, 28 de noviembre de 2014

La bruja de la calle de Fuencarral

No podía faltar en este blog el bien conocido relato corto de Alfonso Sastre, escrito en 1964 e incluido en su libro 'Las noches lúgubres', una obra de gran éxito, cuyas sucesivas ediciones se han ido agotando de forma sistemática y que, desde hace tiempo, figura en casi todas las antologías de un género muy popular (el de los relatos terroríficos) que, en Sastre, aparecen tamizados por un omnipresente toque de humor, sustancialmente unido a la personalidad del autor.
'La bruja de la calle de Fuencarral' no es una excepción, sino que, por el contrario, resume muchas de las virtudes de las oscuras narraciones incluidas en su libro.

Alfonso Sastre
Un autor extraordinario, creador de un estilo dramático particular y siempre comprometido, al que me siento especialmente unido por varias razones. La primera de ellas es porque estrenó una de sus primeras obras teatrales ('Cargamento de sueños') en el Instituto Ramiro de Maeztu; la segunda porque representé una de sus mejores piezas teatrales ('Escuadra hacia la muerte') en mis lejanos tiempos del TEU, de cuyos ensayos, sus lecturas y sus representaciones guardo un recuerdo nítido e imborrable; y, finalmente, por este breve cuento de brujas (más bien de bruja, en singular) que él situó, de forma tan notoria, en la calle de Fuencarral (en la que, por cierto, cuando Sastre la escribió, había, al menos, otras dos 'brujas': las famosas zapaterías de los números 5 y 39 de la calle).




La bruja de la calle de Fuencarral (Alfonso Sastre, 1964)

Desde que me establecí en este pisito de la calle de Fuencarral he tenido algunos
casos extraordinarios que me compensan sobradamente de la pérdida del sol y del
aire; elementos, ay, de que gozaba en los tiempos, aún no lejanos, en que
desempeñaba mi sagrado oficio en Alcobendas. Y cuando digo que tales casos me
han compensado no me refiero sólo, desde luego, al aspecto pecuniario del asunto
(tan importante sin embargo), sino también a la rareza y dificultad de algunos de
esos casos; rareza y dificultad que han puesto a prueba —y con mucho orgullo
puedo decir que siempre he salido triunfante— la extensión y la profundidad de mis
conocimientos ocultos y de mis dotes mágicas.

Pero ninguno de ellos tan curioso como el que se me ha presentado hoy a media
tarde. Voy a escribirlo en este diario mío, y lo que siento es no disponer para ello
de una tinta dorada que hiciera resaltar debidamente la belleza de lo ocurrido, que
más parece propio de una buena novela que de la triste y oscura realidad.
Era un muchacho pálido. Cuando se ha sentado frente a mí en el gabinete que yo
llamo de tortura, sus manos temblaban violentamente dentro de sus bolsillos. Ha
mirado la cuerda de horca —la cual pende del techo— con un gesto de mudo terror
y he comprendido que lo que yo llamo la “preparación psicológica” estaba ya hecho
y que podíamos empezar. Después, él ha mirado la bola de cristal; que no es, ni
mucho menos, un objeto mágico —no pertenezco a la ignorante y descalificada
secta de los cristalománticos—, sino una concesión decorativa al mal gusto, a la
tradición y al torpe aburguesamiento que sufre nuestra profesión, otrora alta y
difícil como un sacerdocio, viciada hoy por el intrusismo oportunista de tantos falsos
magos, de tantos burdos mixtificadores. ¡Ellos han convertido lo que antaño era un
templo iluminado y científico en un vulgar comercio próspero e infame!
He dejado (en el relato, no en la realidad) al joven mirando la bola de cristal.
Prosigo.

El joven miraba fijamente la bola de cristal y yo le he llamado la atención sobre mi
presencia, santiguándome y diciendo en voz muy alta y solemne, como es mi
costumbre: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. “Cuéntame tu
caso, hijo mío”, he añadido en cuanto he visto sus ojos fijos en los míos cerrados
como es mi costumbre, pues es sabido que yo veo perfectamente a través de mis
párpados; lo cual, sin tener importancia en realidad, impresiona mucho a mi
clientela cuando describo los mínimos movimientos de mis visitantes,
El relato del joven ha sido, poco más o menos, el siguiente: “Estoy amenazado de
muerte por la joven María del Carmen Valiente Templado, de dieciocho años,
natural de Vicálvaro (Madrid), dependienta de cafetería, la cual dice haber dado a
luz un hijo concebido por obra y gracia de contactos carnales con un servidor; el
cual que soy de la opinión de que la Maricarmen es una zorra que anda hoy con uno
y mañana con otro y que lo que ahora quiere ni más ni menos es cargarme a mí el
muerto —o séase, el chaval.
“Mi nombre es Higinio Rosales Cruz, de veintinueve años, natural de Getafe, de
profesión oficial de churrería, con domicilio en esta capital, en el Gran San Blas,
donde tiene usted, señora bruja, su propia casa si de ella hubiere menester.
“Mi caso es que pretendo desgraciar a la Maricarmen de modo que me deje en paz
la condenada, para lo cual después de leer algunas obras norteamericanas —que en
esto, como en otras técnicas, los yankis van a la cabeza— me he fabricado esta
estatuilla de cera que representa a la andova en pelota viva tal como yo la he
tenido en la cama sin que a ella, que es una sinvergüenza, le diera ni una pizca de
garlochí; y vengo con la pretensión de que usted le endiñe, que usted sabrá el
cómo y de qué manera, algún alfilerazo mortal, de modo que la tía golfa abandone
esta jodida persecución y me deje en la misma paz que para usted deseo; y
hablando así no hago, con perdón de la mesa, más que seguir fielmente la doctrina
pontificia de que nos dejemos en paz los unos a los otros.”

A lo cual yo he respondido levantándome y yéndome derecha al acerico; entre las
cabezas multicolores he elegido una roja y la he clavado con el debido ritual, en el
sexo de la estatuilla, no por hacerle daño, sino tan sólo para impedir a la perdida
que continuara su desordenada vida sexual; y acto seguido he penetrado en mi
sancta sanctorum y he cogido con las pinzas de plata una de mis arañas locas, la
cual la he introducido en una bolsita de cuero, cuya boca he atado con un cordel.
Otra vez en la cámara o gabinete (siempre con los ojos cerrados, como es mi
antiquísima costumbre), he puesto al cuello del joven el amuleto diciéndole: “Has
de llevar esta bolsita, que contiene una sagrada piedra, sobre tu pecho, durante
tres días y tres noches; ni una más ni una menos; pues ésta es la garantía de que
esa tal desista de su persecución”. Y (una vez abonado en caja el importe de la
consulta) he acompañado al joven a la puerta y le he deseado, al despedirle, todo
género de bienandanzas.

A esta hora en que escribo el joven quizás esté durmiendo. Es seguro que no se ha
dado cuenta de que no es una piedra, sino un peludo insecto lo que lleva en la
bolsita sobre su pecho. (Estas arañas locas mueven sus patas suavemente hasta el
momento del ataque.) Ahora, por la noche, la araña conseguirá (por virtud de su
ataque lunático) salir de su encierro; se paseará a su antojo, silbando como
acostumbran, por el desnudo cuerpo del muchacho, y morderá por fin en algún
lugar propicio —probablemente el pubis— con su repugnante mandíbula que es, por
otra parte, una mortal fuente de veneno. El joven morirá seguramente al amanecer
entre atroces dolores lo más seguro abdominales.
Yo me he quedado aquí, desvelada. He cogido en mis manos la muñequita de cera.
Su rostro se parece, inexplicablemente, al de mi hija pequeña, la cual murió hace
un año por su propia voluntad, pues se cortó las venas en el cuarto de baño de una
modesta pensión de Tetuán de las Victorias. Era camarera en un bar de la Ciudad
Jardín.
En la autopsia se descubrió que estaba embarazada. Ahora beso la frente de la
muñequita y lloro.



Una fantástica y bien contada historia que, en cierto modo, complementa tanto las narraciones fantasmales de Diego de Torres Villarroel, como los tristes y muy verdaderos sucesos acontecidos en esta calle y que quedaron, para siempre, grabados en las más famosas crónicas de sucesos de la Villa y Corte.

'La bruja de la calle de Fuencarral' es ya, sin duda alguna, un gran clásico entre los relatos de misterio, incorporado, gracias a la pluma de Alfonso Sastre, a ese mundo, a mitad de camino entre lo real y lo imposible, que rodea con su aureola atemporal a cuanto tiene que ver con la calle más famosa de Madrid.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Arturo Pardos Batiste, Duque de Gastronia

Arturo Pardos Batiste, Duque de Gastronia
Arturo (yo me permito tratar con esta confianza al señor Duque), ha sido uno de los grandes personajes de la calle de Fuencarral. Y utilizo este tiempo verbal porque hace ya algún tiempo que decidió alejarse de la Villa y Corte para disfrutar de una vida más reposada en las Casas de Alcabón, el histórico pueblo toledano de la comarca de Torrijos, fundado por los árabes y destruido por los franceses (algo que, sin duda, Arturo está restaurando con su noble presencia).





Paleta Agromán 1966
Arturo Pardos Batiste es hombre insigne, de notable personalidad y está absolutamente vinculado a la calle de Fuencarral, en cuyo número 41 (en el cuarto piso, para más señas) tuvo su estudio, en el que impartió, con extraordinario éxito, sus clases magistrales de análisis de formas, la asignatura más complicada de aprobar en el primer curso de la carrera de arquitectura.
Yo fui uno de sus alumnos y no solo aprobé la asignatura gracias a él, sino que aprendí mucho más bajo su tutela, ya que Arturo ya demostraba en aquellos tiempos ser mucho más que maestro de futuros arquitectos. Era (y es) un erudito, filósofo y artista, del más puro academicismo revolucionario-platónico y de una actitud enciclopédico-renacentista, equidistante entre Voltaire y Leonardo.


Retrato de Ammenophis IV y Nefertiti
A lo largo de su fructífera vida, ha conseguido ser siempre fiel a sí mismo y, pese a ello (lo que no resulta nada sencillo para quien lo intente), destacar en múltiples campos.
Arturo es un gran artista, pintor y dibujante, así como, también, un extraordinario y fino humorista (La Codorniz, Paleta Agromán 1966, etc.), poseedor de un estilo culto, crítico y refinado.
Gastrónomo, escritor, políglota, poeta, afrancesado (en el buen sentido de la palabra), enólogo avezado, adelantado de la nueva restauración y, sobre todo, un gran filósofo.

Carta de Arturo a mi padre (detalle)
De su academia-estudio de la gran calle de Fuencarral yo guardo (aparte de extraordinarios recuerdos e importantes aprendizajes) algunos documentos históricos que hoy ya casi nadie conserva, tales como cartas por él firmadas o recibos autógrafos que nos recuerdan que el precio mensual de sus clases era de mil pesetas a finales de los años sesenta.
Sin embargo hay dos que me gustaría conseguir y no tengo. Uno de ellos es el original de la ilustración con la que gané el premio que Arturo convocó en la Navidad de 1968 (un gouache con reminiscencias de Klee) y el otro una copia de la que considero su mejor viñeta humorística (para mí aún mejor que la que resultó ganadora de la Paleta Agromán en 1966), en la que un pintor recrea en su lienzo una sencilla margarita silvestre, convirtiéndola en una abrumadora obra churrigueresca. 
Tan genial como la ilustración que, más tarde, iluminaría la carta de su Gastroteca.

Carta de la Gastroteca, ilustrada por Arturo
No es posible concebir a Arturo sin el complemento, perfecto e indispensable, de Stéphane.
Stéphane Guérin, Duquesa de Gastronia, es para Arturo como lo fue Gala para Dalí. Su musa y su incombustible fuente de energía, su motor eterno. 
Ella es, asimismo, una gran artista, innovadora de una cocina que se había quedado anclada en paellas y cocidos anticuados (luego llegaría el Cocido de Oro de 216 garbanzos). Stéphane es una cocinera sublime, creadora, entre otros muchos y célebres platos, de la raya a la mantequilla negra o el sorbete de aceitunas negras.

La Gastroteca de Stéphane y Arturo
Ellos (Arturo y Stéphane) son los verdaderos impulsores de la gran renovación culinaria de un barrio de Madrid en el que después han florecido  tanto el comercio como la restauración, gracias a la antorcha que ellos encendieron en los tiempos en los que toda la zona parecía sumida en un ambiente depresivo del que nadie auguraba su posterior explosión creativa.
Cuando fundaron su Gastroteca en el número 8 de la plaza de Chueca, plantaron el gran árbol de una 'nueva cocina auténtica' que demostró que el clasicismo no estaba reñido con la innovación. La Gastroteca de Stéphane y Arturo fue la piedra angular del renacimiento culinario madrileño. Algún día recibirá el gran homenaje que se merece.
Su gloria inmortal fue recompensada con el muy merecido título de Duques de Gastronia, otorgado Dei Gratia

Yo me niego a aceptar muchos de los apelativos que se le dan a  Arturo Pardos Batiste por gentes vulgares, incapaces de ver más allá de sus narices. No me cabe la menor duda de que a Galileo, a Sócrates o al propio Leonardo también los definieron así muchos contemporáneos miopes e ignorantes. Aunque quienes dicen que Arturo es raro, aciertan, porque lo normal en estos tiempos que corren (y en casi todos, si a eso vamos) es ser anodino, simple y aborregado. Y, desde luego, el Duque de Gastronia no adolece de ninguno de esos defectos.
Arturo es grande, radical en su pensamiento cultivado, como Picasso o Dalí pueden permitirse ser transgresores, tras haber acreditado su academicismo. Arturo no es un adelantado de su tiempo, es eterno, universal, sin principio ni fin...

Fachada de Fuencarral 41


La calle de Fuencarral tiene en él a uno de sus grandes referentes y los relucientes azulejos de la fachada del número 41 están pidiendo a gritos una placa que recuerde que aquí vivió y tuvo su estudio Arturo Pardos Batiste, Duque de Gastronia.